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Oído y audición

Colesteatoma y perforación timpánica: cuándo el oído necesita cirugía

22 de agosto, 2026 6 min de lectura Dr. Guillermo Peralta

Detrás de un oído que supura de forma crónica o de una perforación del tímpano puede esconderse un colesteatoma, una lesión que, aunque no es un cáncer, destruye hueso y puede causar complicaciones graves. Entender qué es y cómo se trata ayuda a no restarle importancia a un oído que «gotea».

¿Qué es el colesteatoma?

El colesteatoma se produce por la migración de piel (epitelio) hacia zonas del oído medio que deberían estar tapizadas por mucosa, formando un quiste que crece y destruye el hueso a su alrededor. Puede ser congénito —una «perla» presente desde el nacimiento que comprime la cadena de huesecillos y causa hipoacusia— o adquirido. La forma más frecuente es el colesteatoma adquirido primario, que se origina en un bolsillo de retracción de la parte superior del tímpano (la pars flácida) y que muchas veces se descubre al retirar un cerumen aparentemente inocente. Suele manifestarse con otorrea (secreción, a veces de mal olor) e hipoacusia conductiva.

Por qué no hay que subestimarlo

El problema del colesteatoma es su capacidad de erosionar estructuras. Puede provocar una mastoiditis, que es una emergencia que requiere hospitalización y cirugía inmediata, o una laberintitis, con pérdida auditiva progresiva, mareo y vértigo por afectación del oído interno. También puede abrir una fístula perilinfática y, en casos avanzados, dar complicaciones intracraneales. Por eso, ante un oído que supura de forma persistente, la evaluación con otomicroscopía y, cuando hace falta, tomografía, es fundamental.

La perforación del tímpano

La perforación timpánica tiene varias causas. La más frecuente es la complicación de una otitis media aguda; se considera «el mal menor», porque el drenaje evitó que la infección fuera al oído interno o al cerebro, y en general estas perforaciones son pequeñas y cierran solas —basta con evitar que entre líquido al oído—. Otras causas son la otomicosis (infección por hongos) y, muy especialmente, el uso de hisopos: en Estados Unidos se registran decenas de urgencias diarias por su uso, y una cuarta parte termina en perforación. Cuando la perforación no cierra, se repara con una timpanoplastía (o miringoplastía en las pequeñas), que reconstruye la membrana y, si es necesario, la cadena de huesecillos; en perforaciones pequeñas puede ayudar el plasma rico en plaquetas.

Cirugía del colesteatoma

El colesteatoma no se cura con medicamentos: el tratamiento es quirúrgico. Según el caso se realiza una mastoidectomía (limpieza de las celdillas mastoideas) junto con la timpanoplastía para extirpar completamente la lesión y reconstruir el oído. Como puede reaparecer, el seguimiento a largo plazo con controles, audiometrías y limpiezas periódicas es parte esencial del tratamiento. Quienes tuvieron una mastoidectomía abierta pierden la capacidad de autolimpieza del oído y necesitan revisiones anuales con microscopio o endoscopio, ya que en ellos el lavado de oídos está contraindicado.

El oído que supura: ¿cuándo operar?

La otorrea —secreción persistente por el oído— es un signo que no conviene normalizar. En general se intenta primero un tratamiento médico y se evita operar mientras el oído supura, pero hay situaciones que sí obligan a la cirugía aunque haya secreción: el colesteatoma de conducto, de oído medio o de mastoides, los granulomas de colesterol y la sospecha de un cáncer que cause la otorrea. Como regla práctica, se espera un máximo de alrededor de seis sesiones de tratamiento para resolver la otorrea antes de plantear la cirugía. Por eso, ante un oído que gotea desde hace semanas, la evaluación especializada define si se trata de una infección manejable o de algo que requiere operar.

Cuando el colesteatoma afecta el equilibrio

Si el colesteatoma erosiona el oído interno, puede aparecer una laberintitis: inflamación o destrucción del laberinto que se manifiesta con pérdida auditiva progresiva, mareo y vértigo, dolor y secreción de mal olor. También puede abrir una fístula perilinfática, una fuga del líquido del oído interno que produce hipoacusia neurosensorial, a veces con acúfenos, vértigo o inestabilidad. Su diagnóstico se apoya en el examen, la audiometría y la tomografía, y su manejo combina el control de la infección con la cirugía; cuando persiste el desequilibrio, la rehabilitación vestibular ayuda, como explicamos en nuestro artículo sobre la enfermedad de Ménière, el mareo y la inestabilidad.

La reconstrucción del oído

La timpanoplastía repara la membrana timpánica y suele actuar sobre la cadena de huesecillos; según dónde se coloque el injerto se llama overlay, underlay o inlay. Antes de operar es clave una otomicroscopía u otoendoscopía, porque puede revelar hallazgos que cambian el plan y el pronóstico: una membrana tan fina que parece perforada, una atelectasia (el tímpano pegado a la pared interna) o un colesteatoma secundario. La cicatrización no siempre es perfecta y pueden ocurrir complicaciones como la reperforación, la fibrosis del ángulo anterior (blunting) o la lateralización del injerto, por lo que el seguimiento es parte del tratamiento.

Cuidados y prevención

El lavado de oídos no es inocuo: está contraindicado ante dolor de oído, antecedente de perforación o timpanoplastía, colesteatoma de conducto, otomicosis y ciertos cuerpos extraños. La regla de oro para cuidar tus oídos es no introducir hisopos ni objetos en el conducto. Si notas que tu oído supura, huele mal, oyes menos o aparece mareo, no lo dejes pasar; también puedes revisar cómo manejar con seguridad el tapón de cerumen y la limpieza de oídos.

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