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Garganta y voz

Disfagia: cuando tragar se vuelve difícil

14 de agosto, 2026 6 min de lectura Dr. Guillermo Peralta

Tragar es un acto que hacemos miles de veces sin pensarlo, hasta que deja de ser automático. La disfagia —la dificultad para tragar— no es solo «atragantarse»: puede ser el signo de un problema mecánico o neurológico que, detectado a tiempo, evita complicaciones serias como la neumonía.

Qué es la disfagia orofaríngea

La disfagia orofaríngea es la dificultad para mover el alimento desde la boca y la faringe hacia el esófago. Puede ser estructural (algo obstruye) o funcional (los músculos y nervios no coordinan bien el movimiento). No debe confundirse con la odinofagia, que es el dolor al tragar y que puede ser tan intenso que la persona rechaza la comida. La disfagia, en cambio, es un problema de transporte del bolo alimenticio.

Señales y síntomas

Las manifestaciones típicas aparecen al comer: tos o atragantamiento, sensación de que la comida «se queda en la garganta», babeo o incluso regurgitación nasal (la comida sube a la nariz). Hay signos de alarma que obligan a actuar: neumonías recurrentes (por aspiración de alimento a los pulmones), pérdida de peso o deshidratación, y una voz «húmeda» o ronquera después de tragar. Una regla útil: siempre hay que pensar en disfagia ante la tos repetida al comer, sobre todo en adultos mayores y personas con enfermedades neurológicas.

Causas más frecuentes

Las causas se agrupan en varios tipos. Las neurológicas son muy frecuentes: el ictus (ACV), el Parkinson, la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), la demencia y el daño de ciertos nervios craneales. De hecho, la disfagia acompaña a muchas de estas enfermedades: aparece en la mayoría de los pacientes con Alzheimer o Parkinson avanzado, en buena parte de quienes tuvieron un ACV y en enfermedades como la miastenia gravis o la esclerosis múltiple. También hay causas musculares, estructurales (tumores de boca o faringe, el divertículo de Zenker, cirugías cervicales) y otras como el envejecimiento, la radioterapia o infecciones graves. Un caso particular es el síndrome de Plummer-Vinson, una disfagia por anemia ferropénica crónica que forma membranas en el esófago y se asocia a mayor riesgo de cáncer.

La disfagia y las enfermedades neurológicas

La deglución depende de una coordinación fina entre nervios y músculos, por eso las enfermedades neurológicas la afectan con frecuencia. La disfagia aparece en una parte importante de los pacientes que han tenido un ACV, y en la mayoría de quienes viven con Alzheimer, Parkinson avanzado, ELA, esclerosis múltiple o miastenia gravis, así como en muchos adultos mayores postrados. En el Parkinson, por ejemplo, se enlentece la fase oral y faríngea, se acumula saliva y aumenta el riesgo de aspiración; incluso el babeo no se debe a producir más saliva, sino a tragar con menos frecuencia. En la ELA, la debilidad muscular compromete la voz, la deglución y la respiración, y el manejo se centra en mantener la comunicación y una alimentación segura. Detectar la disfagia en estos pacientes es clave para prevenir la neumonía por aspiración.

Envejecimiento y deglución

Con la edad, la boca y la garganta cambian: la mucosa se adelgaza, disminuyen las papilas gustativas —con pérdida del gusto (hipogeusia)— y puede aparecer dificultad para tragar. Muchas veces es difícil distinguir estos cambios normales del envejecimiento de una enfermedad incipiente, por lo que ante cualquier dificultad nueva para tragar en un adulto mayor conviene una evaluación en lugar de asumir que «es la edad». La pérdida de piezas dentales y la boca seca también dificultan la masticación y el paso del alimento.

Cómo se diagnostica

El estudio empieza por una buena historia clínica y una exploración que evalúe los nervios craneales, el reflejo nauseoso y la voz. Entre las pruebas complementarias, la videofluoroscopía (un estudio de la deglución con contraste) es el examen de referencia; también se usan la endoscopía de la deglución (FEES), la manometría y, de forma sencilla, la prueba del vaso de agua para observar si la persona tose al beber.

El «nudo en la garganta» no siempre es disfagia

Conviene distinguir la disfagia de la sensación de globo faríngeo —ese «nudo» o cuerpo extraño en la garganta— que muchas personas describen y que no implica que la comida se atasque. A menudo se relaciona con el goteo postnasal (secreciones que bajan de la nariz), con el reflujo o con la ansiedad, y suele acompañarse de carraspeo y flema en la garganta más que de verdadera dificultad para tragar. También la odinofagia intensa puede hacer que alguien evite comer sin que exista un problema de transporte del alimento. Diferenciar estas sensaciones de la disfagia real orienta el estudio y evita angustias innecesarias, aunque cualquier síntoma que persista merece revisión.

Tratamiento y prevención

El abordaje es multidisciplinario. La logopedia (terapia de deglución) fortalece los músculos y enseña técnicas posturales; la modificación de la dieta —alimentos triturados y líquidos espesados, evitando los líquidos claros— reduce el riesgo de atragantamiento; se tratan las causas de fondo y, cuando hay tumores o divertículos, se plantea la cirugía. Prevenir la complicación más temida, la neumonía por aspiración, exige higiene bucal rigurosa, evitar alimentos de riesgo y educar a pacientes y cuidadores. Conviene recordar que a veces la sensación de dificultad para tragar se relaciona con el reflujo o la ansiedad, temas que tocamos en el reflujo laringofaríngeo; y que una disfagia con pérdida de peso o un bulto en el cuello obliga a descartar causas serias, como se explica en las señales de alerta del cáncer de cabeza y cuello.

La disfagia no es una parte normal de envejecer: es un síntoma que merece evaluación. Detectarla a tiempo protege la nutrición y previene complicaciones graves.

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